Jaime Labastida reflexiona sobre la frontera entre poesía y filosofía

Para dar a conocer su más reciente libro poético, el filósofo y miembro de El Colegio de Sinaloa, Jaime Labastida, estuvo en Culiacán el viernes 26 de enero del año en curso, presentando Atmósferas, Negaciones en la Casa de la Cultura de la UAS. Editado por la Universidad Autónoma de Sinaloa, el libro contó con los comentarios de Francisco Alcaraz y Francisco Meza, y con la moderación de Elizabeth Moreno.

En su participación Francisco Alcaraz señaló que para él es preciso aclarar que, en la obra de Labastida, cuando el poeta hace una pregunta no es para contestarla él mismo, “esto se debe a que no pretende tener todas las respuestas, sino que es al mismo tiempo autor y proyección de los lectores, que intentamos responder al mismo tiempo, pero desde nosotros mismos. Divididos en dos grandes secciones, los poemas de Atmosferas, negaciones son una suerte de bitácora ocasional de un largo viaje: el de la vida del propio autor. Al inicio de la primera parte, Atmósferas, se nos advierte de un tercer invitado al banquete, el poeta y militar Francisco de Aldana, muerto en 1578.

Alcaraz explicó que, en la segunda parte del libro, Negaciones, hay 13 poemas en los que nada sucede, es la antípoda de la primera. “Aquí se ponen en entredicho tanto las certezas del mundo físico, recorrido en la primera parte, como la validez de la percepción personal. Nada sucede en esos poemas porque la acción del viaje se detiene, frente al cuestionamiento de lo que se recuerda, y cómo ese recuerdo se relaciona con el presente, todo se vuelve introspección y duda, recuerdo difuso y lugares borrosos en algún rincón de la memoria individual y colectiva; un sueño que al día siguiente sigue vivo, y que por un momento nos hace dudar si fue real. Quizá ese espejismo sea nuestra vida, quizá sea nuestra historia como especie”.

Para Francisco Alcaraz, una obra como la de Jaime Labastida, deja claro que poesía y filosofía no son antagonistas, y que después de convivir después de tanto tiempo “pueden ser como hidrógeno y oxígeno, complementarios de diversas formas, los elementos de otra cosa, de una nueva realidad.”

Por su parte, Francisco Meza manifestó que Jaime Labastida escribe en este libro una serie de poemas que recrean la aventura del hombre que como ave migratoria traduce y pone en juicio la luz vivida en diversas instancias vitales. “En este libro, en que la memoria del yo poético se coloca a sí misma en tela de juicio, el verbo de la poesía conjugará tópicos primigenios de la condición humana, como la muerte, el olvido, la efectividad de las acciones, la accidentalidad del ser, el deterioro de lo orgánico, la depredación histórica del hombre”.

En estos poemas cada vistazo al pasado será cuestionado por la misma voz que estuvo en aquellos sitios de los que se habla, los signos de interrogación serán los derroteros para nuevos cuestionamientos, “como si estos fueran las piedras, que arrojadas al estanque generaran la onda en la tranquilidad del agua, la onda que seguirá expandiéndose mientras afecta la serenidad de las cosas que va tocando a su trayectoria.”

En su participación, Jaime Labastida indicó que él reconoce que en su obra hay una línea que bifurca entre poesía y filosofía; afirmó que esto es cierto pues ambas se alimentan de la misma raíz. Para ilustrarlo, citó el poema de Altazor de Vicente Huidobro donde éste revoluciona el concepto de la golondrina; a partir de ahí juega y construye otras ideas: ya viene la golochina, la golonrisa, la golonniña. Recordó que los primeros filósofos escribían de tal suerte que sus escritos parecían poemas, de ahí que Augusto Monterroso haya dicho que Heráclito escribía en fragmentos por su estilo de escritura. Para Labastida, la filosofía y la poesía poseen una misma raíz, pero difieren en el producto. “Todos los hombres son unos animales de palabras. Nos expresamos a través del lenguaje. Lo que pone ese doble aspecto de la obra que yo tengo, porque en un principio me dediqué profesionalmente a la filosofía, pero nunca abandoné la poesía”.

Posteriormente, Jaime Labastida compartió algunas experiencias que lo llevaron a reflexionar ciertas vivencias y que luego fueron integradas en este libro desde la poesía. De esa manera, citó una experiencia que experimentó en Corea del Norte en 2005, donde manifestó que él sintió una violencia que nunca lo había sentido en ningún otro país, pues estaba prohibido tocar el agua del arroyo:

En la mañana transparente, sin embargo,
un aire turbio que no sé de qué manera pertenece al aire limpio que respiro,
camino en la hojarasca tan solo cuatro pasos,
el bosque es amplio y se abre en ellos el peligro,
ningún pájaro canta en la espesura,
el peligro de pronto, la amenaza sin rostro,
sin palabras y una lengua dura que no entiendo,
La boca de un fusil siniestro súbdito retrocede,
intento hundir mis manos en el agua,
levanto el rostro, otro fusil me obliga a detenerme,
mi olor podría contaminar el agua pura…

Por otro lado, también leyó un poema que evoca la impresión que le causó la puesta del sol en el ocaso durante un encuentro de poetas ocurrido el año de 2015 en el desierto de yeso en Cuatro Ciénegas, Coahuila:

Aquí está el sol descuartizado, enfermo, adolorido, agonizante,
migajas de luz lenta deshojan este largo horizonte,
la luna asume un cargo extraño, queda desnuda la palabra,
el sol esta allá muerto atrás, con lentitud cercana se levanta la luna silenciosa…